Recuerdos de la señora Rosita
Comenzaba a amanecer en el Barrio El Triunfo, todavía las montañas estaban algunos días cubiertas de niebla, otros días llovía a cantaros, o cubría toda la superficie esa llovizna fina que calaba hasta los huesos…invariablemente hacia un frio que entumecía hasta el alma, doña Rosita era precavida y se ponía varias capas de ropa para estar calientica y sobre todo para no enfermarse, un lujo que no podía permitirse porque entonces quien haría la comida, lavaba la topa y atendía a sus muchachos…afanosamente abría las puertas de la tienda, barría la acera y el interior del local, ponía una gran olleta con un buen trozo de panela y cuando soltaba el hervor agregaba cuatro o cinco cucharadas grandes de café, enseguida con una cuchara grande de madera mezclaba bien y agregaba medio vaso de agua fría para que asentaran los pozos del café, terminado este ritual, mientras llegaban los primeros clientes lavaba la loza de la cena de la coche anterior y que ella había dejado en un balde con agua para ablandar la comida pegada los platos y así ahorrar tiempo y esfuerzo al juagarla y ponerla en el platero a secar.
Con el oído atento escuchaba los pasos y luego las voces de los hombres que subían la cuesta y al entrar en la tienda saludaban: buenos días señora Rosita, ella respondía con una sonrisa, bajaba la olleta del fuego lento donde estaba para que el tinto estuviera bien caliente, e iba sirviendo los tintos en los pocillos que previamente tenia ordenados en una bandeja, esta era la primera bebida que tomaban los trabajadores de los chircales que más arriba existían desde mucho tiempo antes de que ella comenzara a vivir en esta zona del sur oriente de Bogotá…allí amasaban el barro con agua y tierra para luego colocar esa masa en los moldes de madera, ponerlos a secar para a continuación meterlos en los hornos de dónde salían ya convertidos en ladrillos. Era un trabajo arduo y la jornada de estos hombres pasaba invariablemente por tomarse el tintico caliente y cargado que preparaba doña Rosita, algunos días algunos pedían añadir a la taza de café un aguardiente, y también pan, un mojicón, un colorado, una mogolla chicharrona y entre risas y bromas pagar o pedir fiado,, para salir de la tienda caminar calle arriba hasta llegar a cada uno de los chircales dónde se afanarían en su tarea. Las quincenas y finales de mes al anochecer se arremolinaban en la tienda para tomarse una cerveza o varias y regresar a sus hogares con sus esposas e hijos. Doña Rosita lo sabía y tenía el zaguán de la casa casi hasta el techo lleno de cajas de cerveza, era previsora y hacia el pedido a Bavaria con tiempo suficiente para abastecerse y no perder ventas. Sabía que a sus clientes les gustaban las rancheras, canciones de despecho, o música carrilera y ponía las emisoras donde estas canciones sonaban. El ambiente se caldeaba y deme usted otra cervecita, que ella diligentemente servía, cuando eran las once de la noche avisaba que en media hora cerraba la tienda. Algunas veces los hijos de la señora Rosita le ayudaban a atender pero ella estaba atenta y llevaba mentalmente la cuenta de las consumiciones de cada uno de sus cliente; a los que llamaba por sus nombres…don Juan, don Arturo, Don Cristóbal, y una larga lista nombraba con naturalidad y con la confianza de que cada uno de ellos se sentía reconocido y apreciado.
Algunas mañanas a las 4 y media llamaba: Carlos (hijo menor y que ya a sus siete u ocho años había hecho una obra de ingeniería con una tabla ancha, dos listones gruesos laterales con dos orificios en cada uno por donde pasaban los dos tubos solidos donde iban las cuatro ruedas de la zorra y con una cuerda en el eje delantero a cada lado serbia para ir dándole dirección al vehículo con las manos firmen y atento a la calzada por donde circulaba) la señora Rosita volvía a llamar… Aliste la zorra que hoy es jueves y hay mercado, vamos a llegar tarde y hoy hay buenas ofertas en el precio de las frutas que traen de Cora bastos, además la panela y el café ya se están acabando… el niño bajaba con sus pelos parados y refregándose la cara recién bañada, cogía los plásticos de siempre para una ves comprados los víveres taparlos e impedir que la fruta se mojara y los demás artículos se humedecieran. Con todo a punto bajaban corriendo por la carrera tercera, esquivando los autobuses que subían con maestría y la señora Rosita atrás atenta, esta era una rutina que se repetía tres veces por semana para tener lo necesario para las comidas y para surtir los productos que ella vendía en la tienda.
Le gustaba comprar mangos pequeños, plátanos naranjas y mandarinas sabía que las niñas y niños cuando iban o venían de la escuela comprarían su mecato y mejor pequeños porque así cobraría poco dinero por la fruta elegida. Los platanitos cuando estaban maduros pecosos los pelaba introducía un palo y metía en el congelador…al medio día al salir de la escuela los chiquillos venían en grupos a comprar sus platanitos helados y ella con ojo atento descubría que niña o niño se quedaba detrás del grupo sin pedir nada…ella sabía que no tenían dinero y los llamaba “haber mijita coja usted también su platanito, esperaba en silencio que él o la aludida alargara su mano y recibiera la fruta, lo hacía con tanta sencillez y naturalidad, que nadie reparaba en la acción, cada uno estaba ocupado chupando con deleite su helado.
La señora Rosita era asombrosa, ella que apenas sabía leer o escribir era consultada por sus vecinas sobre que remedios darles a sus hijos con fiebre: “Dele un dolex cada seis horas, y póngale paños de tela mojadas en agua fría en las axilas y en la frente, no con alcohol que es tóxico, para los dolores de barriga agüita de yerbabuena y manzanilla y si siguen malitos llévelos al hospital a ver si tienen suerte y los atienden”.
Yo hoy recuerdo con asombro como un cuerpo pequeño podía tener tanta fuerza, energía y bondad. Tenía su mal genio y era exigente con sus hijos y allegados, no daba abrazos, ni acariciaba, pero en sus ojos bailaba la ternura y el amor por sus hijos/hija y nietas nietos.
Tenía sus amigas como un par de hermanas a quienes pregunte la edad…me contestaron “yo sólo tengo 82 años, pero aquí mi hermana va a cumplir los 86” venían desde el barrio de al frente, bajaban la montaña y subían la otra para llegar a la tienda de doña Rosita e invitar a un aguardiente, les pedí permiso para hacerles una foto e inmediatamente se arreglaron el pelo, enderezaron la ruana, pusieron su preciosa sonrisa dentro de una boca a la que le faltaban varios dientes, pero ni ese mínimo detalle le robó belleza a esa imagen, luego su historia de vida me dejó maravillada.
Aun siento una infinita ternura y me siento afortunada de conocer a mujeres heroicas, trabajadoras, dueñas de sus cuerpos y sus vidas, con historias que no hay libro que las recoja porque cada una necesitaría una mirada de respeto y reconocimiento a su experiencia y a su aporte en educar y transformar la sociedad, dónde la educación y el cuidado sean el centro de la vida.
Luzmar